No todo lo que fue brillante en su momento merece quedarse para siempre. Lo digo en serio: ni en los negocios, ni en la vida. Innovar, muchas veces, es tener la valentía de soltar procesos, herramientas, ideas (y sí, hasta egos) que ya no te llevan a ningún lado.
Soltar duele, pero estancarse más
El apego a lo conocido es cómodo. ¿Para qué cambiar si así "ha funcionado"? Bueno... hasta que deja de hacerlo. La innovación no siempre llega con fuegos artificiales: a veces se presenta como una decisión incómoda que te obliga a revisar lo que ya no sirve.
Las grandes ideas también se vencen
Sí, esa gran estrategia de hace cinco años puede que hoy solo te esté quitando agilidad. Innovar no es solo tener nuevas ideas, es también tener criterio para saber cuándo las viejas ya no hacen sentido.
El miedo a cambiar no es estrategia
En esta era, quedarse quieto también es una decisión. Pero probablemente la menos rentable. No hay espacio para liderazgos que se resistan a ajustar el rumbo. Y no se trata de cambiar por cambiar, se trata de avanzar con intención.
Innovar también es tener conversaciones incómodas
Con el equipo, con los clientes, contigo. Porque muchas veces lo que estorba no está afuera, sino dentro de nuestros propios procesos, hábitos y resistencias. Y si algo no está sumando, toca soltarlo.
Así que, si algo ya no te mueve... suéltalo
Sí, innovar puede parecer difícil. Pero no hacerlo es peor. Es como seguir revisando los estados de WhatsApp de tu ex: ¿pa' qué?